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martes, 26 de abril de 2011

Propiedad intelectual


En Chile existe la ley número 17.336, la ley de propiedad intelectual, la que pretende proteger los derechos que, por el solo hecho de la creación de una obra, adquieren los autores de trabajos de la inteligencia de los dominios literarios, artísticos y científicos, cualquiera que sea su forma de expresión y los derechos anexos que ella determina. De acuerdo con la misma, el derecho de autor comprende los derechos patrimoniales y morales, que protegen el aprovechamiento, la paternidad y la integridad de una obra.

Pero, ¿qué tan bueno es esto? Si bien por una parte es un aporte, ya que permite que el autor de una obra, ya sea un libro, una canción, una pintura, o cualquier creación, esté “protegido”  de plagio, puede ser también un modo de limitar la información. Ejemplifiquemos en el ámbito de la música, Juan el músico sentado en su escritorio comienza a escribir el borrador de su próximo single. Después de una serie de pruebas y errores decide ir con su canción a ver un a un productor, luego de recibir la aceptación y elogios de este último, y satisfecho de su creación, se reúne con algún representante de un prestigioso sello discográfico, el cual le ofrece un provechoso contrato en el que el sello se adjudica los derechos de la pista. En este momento la idea adquiere un significado extra, ganancias, y todo aquel que ahora quiera hacer uso, o disfrutar de su canción debe meter la mano en su bolsillo y sacar un billete para poder adquirirlo y así sucede con todas las creaciones, literatura, danza, arquitectura, tecnología entre muchas otras, logrando que todo se convierta en un consumo, la sociedad nos llama a consumir, de modo contrario no encajamos.

Pero ¿Qué sucede con quienes no gozan del dinero para adquirir este producto, que la gran parte de las veces tiene un valor excesivo? Deben salir a las calles buscar al vendedor “pirata” que tenga el producto que se requiera, obteniéndolo a un precio al alcance de su bolsillo. Pero según la ley esto tampoco es un acto lícito, según el Artículo 79 de esta ley “Cometen delito contra la propiedad intelectual y serán sancionados con la pena de presidio menor en su grado mínimo y multa de 5 a 50 unidades tributarias mensuales: Los que falsifiquen obras protegidas por esta ley, sean literarias, artísticas o científicas, o las editen, reproduzcan o vendan ostentando falsamente el nombre del editor autorizado, suprimiendo o cambiando el nombre del autor o el título de la obra” pero eso no es todo, también es amonestado el comprador del artículo, teniendo la misma sanción.

Entonces, los amos de la empresa del copyright y sus adherentes, durante sus años de reinado, han sido muy hábiles en mantener cegados a los clientes del producto comercial del arte, cultura, literatura, y creación de cualquier tipo, dejándonos muy en claro que no podemos aprender, informarnos, y ni siquiera sentarnos en el lugar más cómodo de nuestro hogar a escuchar nuestra canción favorita sin tener que pagar porque ese libro, ese programa y esa canción no salieron de nuestra mente. La protección que entrega la ley a la propiedad intelectual, pasó de garantizarle al autor que el mérito de su obra no le sería arrebatado, a  ser un mecanismo lucrativo que restringe el acceso de la sociedad a quienes no paguen por  la idea original que más bien pasa a ser un producto de este imperio del copyright.

Pues bien ¿Qué es lo que se debe hacer con respecto a esto? ¿Debemos quedarnos exentos del conocimiento y la cultura para respetar la ley o incurrir en el delito y arriesgarnos a una sanción? Dejo abierta la interrogante.

La sociedad del conocimiento



Para poder analizar la sociedad de la información desde un todo o en descomposición de sus partes es preciso reconocer las causas históricas que aportaron a la creación de este paradigma. Nuestro paradigma moderno.

Es sabido que el ser humano primitivo vivía y aprendía del mundo mediante la integración emocional con él. En una anulación innata de la identidad individual. Por medio de la unión sujeto y objeto. Es decir, en armonía con la naturaleza, como parte de un todo. A través del tiempo y de forma drástica el cambio se hace visible. El hombre y sus ansias de conocimiento racional, por sobre el conocimiento innato se apoya de diversos métodos esencialmente científicos para dar un sentido a la existencia. Buscando el porqué de las cosas, alejándose de la naturaleza, siendo ahora el examinador de todos los fenómenos que en ella ocurren. Este cambio va de la mano con la revolución industrial y tecnológica. En donde el hombre como amo y señor de la tierra tiene la facultad de explorarla. En un círculo vicioso de recursos, explotación, riqueza y éxito individual. Pasando a ser un cambio en el ámbito social a uno meramente económico, sacando este último notorias ventajas mediante estudiados métodos de persuasión y control sobre los individuos o más bien dicho, los consumidores de información, productos, entre otros.

La herramienta más potente y en directa relación con la tecnología imperante son los Medios Masivos de Comunicación, gracias a este instrumento han podido masificar sus ideales. Como por ejemplo el consumismo, identidad, ideologías políticas y religiosas, prototipos de belleza, de felicidad, entre otros.

La idea es persuadir a la población con la finalidad de que ésta compre el “producto” haciéndonos creer que nos es indispensable. Para esto utilizan diferentes argumentos, éxito y bienestar social, convenciéndote de que si no compras estas mal y no encajas en la sociedad, creando tal estado de confusión que los consumidores llegan  a replantear sus necesidades básicas entorno a lo que se les dice.

Los Medios Masivos de Comunicación y particularmente la televisión, hipnotizan y encantan al espectador, con su postura de fuente fidedigna, siendo esta la más utilizada en el momento de buscar información en diversos ámbitos. En la política, por ejemplo, nunca se ha visto que el presidente en ejercicio esté actuando de forma incorrecta, es más, incitan al telespectador a creer en él.

No hay que dejarse engañar ni creer todo lo que los medios dicen, ya que estos son manipulados según el interés de quienes los controlan. A su favor se encuentra la legislación, en donde no existe registro alguno que enmarque esta acción como un delito. De esta forma sólo queda apelar a la conciencia de quienes consumen la información. El mayor problema es que muchos se saben engañados, pero es mejor callar, para al menos vivir tranquilos o con un peso menos encima de los hombros. Lo que nos deja la interrogante. ¿Los Medios Masivos de Comunicación realmente son la puerta al mundo de la verdad o simplemente es la manera de homogeneizar el pensamiento de la población?